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Foto helicóptero rojo aterrizandoUn día más llegan las diez de la noche: la hora de la retirada, en la que Nuño -mi compañero- y yo somos reemplazados por los nocturnos, que llegan dispuestos a desafiar la noche madrileña con la ayuda de la siesta previa.

Para ser el mes de Enero ha sido una guardia relativamente tranquila, por lo que charlamos animadamente mientras volvemos a vestirnos como gente de a pie. “Voy a subir a la central a saludar ¿Vienes?” Por aquel entonces la base de la UVI-Movil se encontraba en el mismo edificio que la central de comunicaciones; Nuño había trabajado en ella y conservaba buenos recuerdos de los compañeros, yo me encontraba en la misma situación, por lo que no dudé en acompañarle.

Una vez arriba, me acerco a saludar a uno de mis primeros colegas de emisora, pero me detengo un momento ya que parece muy ocupado con algo: con una mano sostiene un auricular y con la otra señala el último nombre de una lista. Al verme, un rayo de esperanza cruza su rostro mientras al tiempo que descubro el motivo del desasosiego: ¿Guardia mañana en Lozoyuela? No he conseguido encontrar suplente… Eso sí que no me lo esperaba ¿En heli? ¡Por supuesto! Me dirijo a mi casa con la idea de descansar bien para al día siguiente estar, nunca mejor dicho, a la altura.

Afortunadamente, la guardia comienza más tarde que la habitual, por lo que me alcanza el tiempo a desayunar mientras negocio el préstamo del automóvil familiar. El camino no se me hace largo, pero me doy cuenta de que voy justo, demasiado justo. Quizás es eso lo que hace que tome el desvío equivocado, el acceso al parque no es fácil pero debería conocerlo… Aparezco diez minutos tarde ¡Mierda! Pues sí que empezamos bien… Afortunadamente, el solape de los turnos implica que no hago esperar al compañero saliente, y llego a tiempo de enterarme de lo acontecido en la guardia que en ese momento termina.

Durante la mañana, me dedico a revisar concienzudamente todos los sistemas de los vehículos terrestre y aéreo, especialmente el segundo que es nuevo para mi. El piloto y el mecánico aprovechan para instruirme en los procedimientos de seguridad, que me parecen realmente fundamentales. El resto de la mañana transcurre sin avisos, pero entre la comprobación al detalle y la preparación de la comida pasa realmente rápido.

Reconozco que no estaba seguro de contar con la confianza del equipo, ya que los helicópteros pertenecieron a bomberos y la fusión entre su servicio y el nuestro no está siendo fácil; sin embargo, me apoyan en todo momento e incluso la médico defiende con autoridad mi plaza en el helicóptero cuando ésta es cuestionada por el jefe de bomberos.

Súbitamente, una voz grave interrumpe el silencio a través de la megafonía del parque: “Aviso para helicóptero”. Al llegar corriendo a la helisuperficie con las mochilas de intervención, veo las aspas ya girando de la máquina; inspiro profundamente y me coloco los cinturones y el intercomunicador. Pensaba que este momento nunca llegaría: el pájaro alza el vuelo, pero esta vez conmigo en su interior. La voz del piloto a través del intercomunicador interrumpe mi momento de fascinación: “esta es el punto de la carretera, necesitamos ojos”. Tras localizar el accidente y un campo próximo adecuado, tomamos tierra y nos organizamos con los bomberos y la UVI de SESCAM allí presentes: hay tres fallecidos y una herida grave atrapados en un vehículo, mientras que en el contrario hay un sólo herido del que se hacen cargo los compañeros de Guadalajara.

Los bomberos se afanan en desencarcerar a Julia, la atrapada, mientras la médico y el enfermero se hacen un hueco para valorarla; no tiene buena pinta, lo que se corresponde con su circunstancia (en el mismo vehículo que los fallecidos). Una vez liberada, se confirman las sospechas: está consciente, pero su corazón late deprisa y está pálida, lo que indica una posible hemorragia interna. No hay tiempo que perder: “Julia ¿Ha montado en helicóptero? Pues hoy lo va a probar” le dice el enfermero mientras se aplican las primeras medidas de soporte vital (oxígeno, monitorización, sueroterapia). No han pasado ni un par de minutos cuando embarcamos y despegamos.

El viaje es breve (250km/h en línea recta acercan el destino) y estático, ya que no hay espacio para trabajar ni posibilidad de soltarse los cinturones sin motivo, por lo que me reparto el tiempo entre vigilar el monitor y mirar el paisaje, que sigue impresionandome. Una vez en el hospital 12 de Octubre tomamos tierra en la helisuperficie grande y, con la ayuda de una UVI-móvil, transferimos a Julia a la unidad especializada en heridos graves del Hospital. Recuerdo que no hace 24 horas que yo estaba al otro lado, con los pies en el suelo…

Julia saldrá adelante: se queda en buenas manos, puede que en las mejores que conozco. La vuelta es distendida, con el equipo bromeando a través del intercomunicador y yo -según el piloto- interpretando el rol de japonés, cámara incluida. El resto de la guardia transcurre tranquila, permitiéndome aprovechar para analizar con calma la intervención y así aprender de ella. No la olvidaré fácilmente.

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