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Los inviernos son habitualmente tranquilos en la Sierra: las segundas viviendas no están ocupadas y en los pueblos sólo quedan los oriundos, que tienen verdadero aguante y no suelen llamar si no es imprescindible. Siempre es agradable sentarse a la mesa suponiendo que la cena no es interrumpirá.

Tras probar el primer bocado, y como no puede ser de otra forma, un agudo tono de móvil irrumpe en la mesa: mujer, 40 años, inconsciente, va una UVI-móvil también desde lejos. En el coche de la sierra esto es relativamente frecuente: si nos encontramos más cerca que una UVI-móvil de una emergencia (el tipo de aviso más grave de los tres que hay) nos envían a nosotros primero, de forma que podamos realizar una primera evaluación y tratamiento si se confirma la gravedad del caso, y en caso contrario que anulemos dicha UVI, de forma que ésta quede disponible el máximo tiempo posible.

En ocasiones, al tratarse de un caso grave como este, autorizan al enfermero a acompañarnos, por lo que inmediatamente nos ponemos los tres (Dra. Espejo, Chefermero y yo) en camino, como a mi me gusta: con luces y, si es necesario, sirenas, compitiendo contra el reloj. En pocos minutos llegamos a nuestro destino, un chalet en el que nos recibe un hombre que, en contra de lo que aparenta su nerviosismo, nos explica que su mujer ya se encuentra mejor.

Ella está sentada en el suelo de la cocina, revuelta y pálida tras haber vomitado. Ha cenado carne de hace unos días, posiblemente mal conservada. Mientras la ayudamos a incorporarse y anulamos la UVI, un niño de unos cinco años que se encuentra observando la escena desde la puerta vomita también. ¿Cenasteis todos los mismo? -continúa con la anamnesis la doctora, recibiendo una respuesta afirmativa- Pero algo no encaja, el niño se había quejado antes, por lo que el vómito resulta inesperado. Puede que le haya impresionado ver a su madre desvanecida y a su padre nervioso, pero no es la única posibilidad.

Aprovecho que somos tres para explorar el resto de la casa en busca de algún elemento extraño y veo la chimenea encendida, al tiempo que siento el ambiente algo cargado. Al volver a la cocina encuentro al hombre que nos recibió sentado en la escalera, notablemente afectado. Cuenta que se encuentra muy agobiado y con dolor de cabeza, pero que ya le ha pasado otras veces… con dos pacientes al mismo tiempo hay que buscar, con tres hay que actuar rápido. Y así lo hacemos: tras relatar lo ocurrido al resto del equipo, decidimos salir inmediatamente de la casa tras abrir las ventanas, cerrar el hogar y desconectar la caldera.

Ya en el jardín comenzamos a organizar el traslado de los tres pacientes cuando un vecino amigo de la familia se acerca, alarmado por lo ocurrido. Tras enterarse se ofrece para llevarles al hospital, no demasiado alejado, y parece la mejor opción: la llegada al menos dos ambulancias puede llevar demasiado tiempo, y los pacientes no necesitan asistencia durante el traslado pero sí una confirmación de la sospecha diagnóstica lo antes posible.

Al día siguiente, la Dra. Espejo se pone en contacto con la familia para conocer su evolución y, al mismo tiempo, confirmar la sospecha: tres pacientes con intoxicación por monóxido de carbono. Se pueden considerar afortunados, si hubiera ocurrido más tarde, a la hora de dormir, este relato se podía tornar mucho más dramático. Y nosotros también podíamos haber caído, ya que si los familiares hubieran enfermado más tarde habríamos tardado más en descubrir la situación, poniéndonos en peligro, y esto le puede pasar a cualquiera (Youtube).

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