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FilumApenas hemos compartido una docena de guardias, mas ya sabemos que este equipo de UVI móvil dará buenos resultados. Somos diferentes, pero compartimos sentimientos sobre nuestra tarea. Eva, la doctora, trata a los pacientes como si fueran su familia y no teme absolutamente a nada; el perfeccionismo de Carol -la enfermera- la permite resolver cualquier situación, y la fuerza y el arrojo de Jack le asemejan a un capitán pirata en el papel del segundo técnico.

Ya casi es la hora del almuerzo, pero el de hoy tendrá que esperar; Eva nos informa del aviso: hematemesis, sangrado digestivo a través de la boca. Podríamos clasificar este tipo de avisos en dos categorías: sin susto y con susto. No es infrecuente descubrir al ver al paciente que el sangrado es realmente de origen odontológico -lo que convierte la urgencia en demorable- o incluso que la sangre no es tal, sino alguna bebida que vuelve a salir por donde entró, habitualmente vino; eso es sin susto. Con susto supone que la sangre procede efectivamente del aparato digestivo, lo que implica riesgo vital para un paciente que ya presenta alguna enfermedad grave. En ocasiones parece que los pacientes se distribuyen de acuerdo con la confianza del equipo que los atiende, puesto que en este caso el nuestro fue con gran susto.Pocos minutos nos separan del destino, a pesar de las obras que en aquellos días inundan la ciudad. Al entrar al piso descubrimos que el escenario es peor de lo imaginado: un hombre de mediana edad y con la piel absolutamente pálida yace inerte sobre lo que parece un océano de sangre en la alfombra del salón. No podemos perder ni un segundo: Jack y yo lo colocamos sobre una zona seca del piso para poder trabajar, y mientras Eva interroga sobre lo ocurrido a la familia, Carol prepara el material. Inmediatamente comprobamos que, de acuerdo con las apariencias, su corazón ha dejado de latir.

Desde un lado, Jack comprime rítmicamente el pecho para mantener una mínima circulación, y desde el otro Carol trata de encontrar un vaso sanguíneo que no haya colapsado -todos están prácticamente vacíos- para canalizarlo y comenzar a reponer líquidos. Mi papel tampoco es sencillo: despejar la vías respiratorias, por las que no cesa de rezumar sangre con cada compresión torácica, con el fin de que Eva introduzca el oxígeno del que nuestro paciente está privado. Es imposible, nuestro sistema portátil de succión no tiene la potencia suficiente y es necesario detenerlo cada cierto tiempo para desobstruirlo y vaciar el recipiente de lo aspirado.

Sudo. Miro a Eva. Ella sabe mejor que yo lo que pienso: hay demasiada, va a ser imposible vaciarlo. “Tubo del ocho”, afirma serenamente. Compruebo y preparo el material para la maniobra, mientras recuerdo la elevadísima tasa de fallos en la intubación traqueal fuera del hospital … bajo buenas condiciones, en nada comparables a las actuales. “Parad las compresiones” ordena mientras introduce el laringoscopio. “No veo nada, voy por referencias anatómicas”, informa innecesariamente mientras siente la anegada laringe con la punta de su herramienta. Manteniendo la posición exacta con su mano izquierda, introduce cuidadosamente el tubo con la derecha, sumergiéndolo en el denso líquido que ocupa la oscura cavidad.

“Tengo vía” confirma Carol por otro lado. Increíble, ha conseguido hacer suya una de las invisibles venas y ya el líquido comienza a ocupar el hasta entonces ineficaz sistema circulatorio. “Perfecto, el tubo también está dentro” responde Eva. No puedo salir de mi asombro mientras retomo las compresiones… Con la mayor de las maestrías cada una ha conseguido atar su cabo del hilo, el hilo del que pendía la vida del paciente, mientras Jack lo hacía posible manteniendo ambos extremos próximos. La voz firme de Eva interrumpe las metáforas: “¡Parad compresiones, he visto algo en el monitor!”. Sólo queda soltar los extremos del hilo y ver si el nudo aguanta. Mis manos cruzadas se separan del pecho desnudo del paciente, no más que unos centímetros por si es necesario volver a sujetar los restos deshilachados.

Sí, aguanta. Un sutil pulso es signo de que la mezcla de sangre y suero vuelve a circular espontáneamente, pero no hay tiempo para celebraciones. Hay que detener los sueros, puesto que su exceso provocaría una sangre todavía más diluida y a mayor presión, lo que desprendería el precario taponamiento que el paciente ha conseguido en su inalcanzable herida. Eva y Carol examinan y aplican  el tratamiento al paciente mientra Jack y yo preparamos el complejo traslado hacia el hospital: tubos, sistemas de suero, respirador, botellas de oxígeno, monitor cardíaco… todo empapado de sangre, a través de varios pisos de escaleras y siempre listos para retomar las maniobras de reanimación. Afortunadamente no es necesario y llegamos al hospital, donde cirujanos y otros especialistas nos esperan para seguir luchando.

En realidad, esto es sólo es el comienzo. Por desgracia, unas cuantas maniobras de reanimación no van a salvar la vida de nuestro paciente. En el mejor de los casos necesitará meses de recuperación, y pese a ello probablemente nunca recupere la calidad de vida del día anterior a nuestra asistencia. Salvar la vida de ese paciente tan sólo estuvo hace varios meses o años en sus manos, cuando la ayuda de su familia y de su equipo de Atención Primaria hubiera sido crucial. Pero este tiempo pasó, y por ello le hemos atendido nosotros. Porque tan sólo tratamos de mantener ese enlace con la vida, para que todo continúe.

Todo el equipo somos conscientes de esto, por lo que la sensación final es más amarga de lo esperado. Las certezas son escasas. Hoy, quizá la única sea que comeremos muy tarde, porque previamente hay que limpiar o reponer gran cantidad de material. Al menos sabemos que a ninguno nos supone un problema, y eso siempre reconforta.

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