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DienteEl reloj de la sala de urgencias señala apenas las ocho de la tarde cuando dejamos en ella a nuestro primer paciente. La noche promete: nos informan a través de la emisora de que tenemos avisos en espera. Las dotaciones de guardia debemos apresurarnos para resolver el máximo número posible antes de que los equipos diurnos vayan alcanzando su hora de cierre, de forma que cuando a la una de la madrugada el último de ellos se retire, la lista de pendientes se haya reducido y podamos afrontarla entre los cuatro equipos restantes, más conocidos como los animales nocturnos.

Sin dilación activamos las lanzadestellos y emprendemos la marcha hacia el siguiente aviso, que afortunadamente no parece que vaya a suponer mucho tiempo; “problemas dentales”, según la central, en un domicilio de la ciudad no demasiado alejado. Habrá que ver la que ha liado con los dientes para tener que ir en ambulancia. Martes asiente, tan consciente como yo de que en numerosas ocasiones cualquier parecido entre motivo de la llamada y realidad es pura coincidencia.

El segundo timbrazo provoca que se abra la puerta del piso, tras la que aparece un varón que ronda la treintena, de aspecto absolutamente saludable. ¿Quién es el paciente? Yo. Ahm… ¿Y qué le ocurre? Que me molesta un diente y quiero ir al hospital. Nuestro mecanismo telepático se pone de nuevo en marcha: qué demonios habrá contado al médico de la central, o cómo le habrá amenazado, para que éste haya decidido enviarle una ambulancia. En cualquier caso, una vez tomada la decisión facultativa nuestro papel es claro: hay que trasladarle, salvo que él lo rechace, lo que en absoluto parece que vaya a ocurrir. Además -vista su actitud- puede que empleáramos más tiempo tratando de imbuir algo de responsabilidad en él que en simplemente llevarle.

Joder; es la única palabra que conseguimos articular, casi simultáneamente, una vez acomodado el susodicho en la cabina asistencial y cerrada la puerta lateral. De camino trato de no traer a mi mente los pacientes que van a tardar más tiempo en recibir asistencia debido a que nosotros estamos ocupados. Las señales prioritarias están activadas para reducir en lo posible ese tiempo, pero conduzco con la máxima de las precauciones pues imagino la sorna de mis compañeros: ningún accidente es aceptable, pero si llegara a ocurrirme durante el traslado de un dolor de muelas ya tendríamos nuevo hazmerreír en la empresa.

El sonido de la puerta corredera al abrirse anuncia a nuestro cliente que hemos llegado a su destino, por lo que de un salto, tal y como subió, se apea del vehículo. Dé sus datos en ese mostrador y le llamarán. Ya ¿Y cómo vuelvo a mi casa? a lo que Martes formalmente responde: consúltelo con el facultativo responsable del alta. En este caso ni siquiera necesitamos hacer uso de nuestras habilidades paranormales para coincidir en la respuesta alternativa que ambos tratamos de confinar en el pensamiento: si por nosotros fuera, de una patada en el culo lo suficientemente fuerte.

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