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GolpeLa voz del coordinador suena afectada a través del móvil: No tenemos conductor para esta noche… ¿Tú puedes venir? Imposible, me han dado una suplencia de UVI-móvil mañana. Sólo hasta la hora que puedas, nos hace mucha falta, si no cubrimos estos turnos retirarán nuestra ambulancia. Realmente me encanta cambiar de aires haciendo guardia en otra base con él y el resto de voluntarios, y además sus temores sobre el fin del programa son verosímiles. Está bien, pero a las cinco doy “no operativo”.

El peso de ambos uniformes deforma el colchón de la litera al dejar sobre él la mochila. El ambiente es tan distendido como suponía, y tras una animada cena decido retirarme, esperando una noche tranquila. Afortunadamente, tanto el accidente de tráfico como el apuñalamiento a los que nos envían resultan respectivamente un golpe de chapa y un rasguño, por lo que no maldigo demasiado al amanecer, cuando me levanto para tomar el autobús de vuelta a la capital. La frecuencia de las guardias nocturnas me ha hecho capaz tanto de frenar la adrenalina todavía reciente del último aviso -para lanzarme a los brazos de Morfeo- como de desperezarme inmediatamente, pero si hubiera dormido de verdad quizás el día siguiente no hubiera sido el peor de mi carrera hasta ese momento.

Mi condición de eventual no me permite pertenecer a un equipo fijo, pero el de hoy no desmerece en absoluto al de la guardia voluntaria previa; mi experiencia en unidades avanzadas (así se denomina a las que incorporan médico de emergencias) es escasa, por lo que parece el día idóneo para aprender mientras disfruto. El anuncio del médico interrumpe la revisión matutina: inconsciente en la bañera, pinta mal. No necesito más: los innumerables avisos en ambulancia por la capital han hecho que maneje con precisión tanto las técnicas de conducción como la compleja malla de rutas. El vehículo más parece volar que rodar. Un consejo -comenta el médico- a mi no me importa en absoluto este ritmo de conducción, pero en futuras guardias encontrarás compañeros a los que no les guste. Cierto.

Tampoco se equivoca respecto a la gravedad del aviso: una mujer que sobrepasa tanto los sesenta años como la centena de kilos está tendida en su angosta bañera, desnuda, mientras trata de alcanzar unos seres que parece ver flotar frente a sus ojos. Las tareas se reparten con premura, y mediante el esfuerzo de todos en tan sólo unos minutos es extraída, evaluada, tratada y trasladada a la ambulancia. Perfecto.

Apenas hemos alcanzado la base tras la vuelta del hospital cuando el teléfono vuelve a sonar. “Inconsciente”, anuncia de nuevo, pero en esta ocasión en los límites de la ciudad, muy lejos de nuestra posición. Al tiempo que nos incorporamos a la circulación, una segunda llamada nos confirma lo peor: “No respira”. Uf. En esa situación, cada minuto que pasa descienden un diez por ciento las posibilidades de supervivencia; efectivamente, en la práctica hay poco que hacer a partir de los diez minutos. El quejido de los neumáticos contra el asfalto acompaña mis pensamientos: si no hubiera que cruzar varios distritos…

No tan rápido, indica el médico. Sé que su criterio es acertado: puedo controlar perfectamente las reacciones de mi vehículo pero nunca las del resto de conductores, por lo que un amplio margen de seguridad es imperdonable, reflexiono mientras hago que la aguja del velocímetro descienda bajo el doble de lo permitido. Un semáforo bloquea la circulación en ambos sentidos de la amplia avenida, lo que me obliga a circular por el centro de la calzada; resulta peligroso separarse de la fila de coches  detenidos a mi derecha, puesto que automóviles provenientes de otra vía perpendicular, ahora con su semáforo en verde, circulan hacia nosotros. Pero el tiempo no se detiene. ¡Cuida…!¡Blam!

El hueco sonido parece desplazarnos en nuestros asientos. ¿Qué ha sido eso? Un coche parado, al lado derecho, dice mi compañero. El aviso pendiente no abandona mi mente ¿Podemos dejar una nota y seguir? No, hay que parar. Mierda, pienso mientras pulso el botón de la emisora: Central, nos hemos dado un golpe, estamos bien pero no podemos seguir, enviad otro recurso al aviso. Ejecutamos la coreografía habitual, pero ahora en circunstancias desfavorables también para nosotros:los técnicos señalizamos el accidente mientras el médico y la enfermera se dirigen al vehículo contrario para acompañar a su ocupante a un lugar seguro.

Al organizar la seguridad de la escena comienzo a comprender lo ocurrido: posiblemente para facilitarme el paso, la otra conductora -afortunadamente ilesa- giró totalmente la dirección a la derecha con el vehículo parado y luego trató de avanzar, lo que unido a la corta distancia entre ejes provocó que su esquina trasera izquierda sobresaliera unos centímetros de la hilera de vehículos que esperaban la apertura del semáforo. Mierda, conocía ese efecto en autobuses rígidos, pero no lo esperaba en un coche.

La Policía Municipal nos facilita las labores administrativas posteriores, mientras mi equipo confirma la ausencia de molestias de la conductora. Un coche de nuestro servicio les recoge para trasladarles a un examen médico por seguridad mientras los cabrestantes tiran de los automóviles afectados. Mierda -pienso en la cabina de la grúa que traslada la UVI móvil al garaje central- he fallado, perdí toda perspectiva. Y súbitamente vuelvo a ser un chaval universitario de veintidós años, con una enorme responsabilidad sobre sus hombros que ahora duda poder cargar.

No son las amables palabras del operario de asistencia en carretera las que logran infundirme algo de ánimo, sino las de aquella con quien tengo la suerte de compartir el verano. Durante su oportuna llamada, aparentemente provocada por telepatía, demuestra que, pese a que no hace demasiado tiempo que nos conocemos, conoce el grave efecto que lo sucedido provoca sobre mi. Sabes que eres tú pues seguro recuerdas la historia, así que si alguna vez llegas a estas líneas, mil gracias por el apoyo.

Al encontrarme de nuevo con mi equipo en el preceptivo control radiológico, el médico se dirige a mi: he hablado con la UVI que atendió el aviso al que íbamos; el paciente llevaba tiempo fallecido, por lo que no habríamos podido hacer nada por él. Su voluntarioso intento no surte efecto. Frente a mis ojos es lo mismo, no he cumplido y no hay excusas. El resto de la guardia, ya con el equipo de reemplazo, transcurre con avisos continuados hasta el amanecer, afortunadamente para mí pues son lo único que -aunque temporalmente- logran desembarazarme de las consecuencias de lo ocurrido.

Desde luego, no era esta la manera que esperaba de aprender.

*  *  *  *  *

Semanas después, una inesperada llamada me sobresalta: la Policía reclama mi testimonio, pues la conductora del otro vehículo me ha denunciado por las lesiones que sufrió. Mi asombro es mayúsculo, pues en las diferentes ocasiones que todo el equipo le ofrecimos asistencia negó cualquier tipo de daño. Tras la declaración consulto a mis superiores, pero aparentemente mi condición de trabajador temporal no me garantiza la asistencia jurídica, por lo que me veo obligado a remitir el caso a un profesional de confianza.

Mi preocupación me lleva a consultar a un compañero, abogado y técnico en emergencias, mas su respuesta resulta desalentadora: en función de la interpretación de lo ocurrido las consecuencias pueden ser graves, implicando probablemente la retirada del permiso durante varios meses. Considerando mis circunstancias laborales, eso sólo significa una cosa: perder el empleo por el que llevo varios años peleando.

Con la puerta abierta a la resignación acudo a la vista del caso. En la puerta de la sala varios hombres trajeados manejan acaloradamente tablas y formularios. Son los representantes de los seguros, confirma mi superior allí presente. Una vez comenzado el juicio, dichos representantes informan al magistrado que han llegado a un acuerdo económica. Y, de aquella forma, todo queda disuelto en una corriente de dinero entre corporaciones.

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