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WarpEstá muy mal. El desasosegado gesto del médico me confirma que es perfectamente consciente de la información: el corazón del anciano paciente ha comenzado a fallar, provocando que la sangre se remanse en los pulmones y éstos se empapen de líquido, limitando enormemente el aire que es capaz de recoger. Afortunadamente, en la residencia de ancianos desde la que nos han llamado contamos con la ayuda de una enfermera recién titulada que casualmente acudía a visitar a un familiar.

Conozco bien los pasos que siguen a la primera valoración: solicitar ambulancia, oxígeno, medicación para eliminar líquidos, sentar al paciente… En UVI móvil es un caso relativamente frecuente que se afronta con ciertas garantías, pero en nuestro caso -personal no especializado en emergencias y con medios para asistencias menos graves- la situación exige el máximo. Trabajosamente deslizamos al paciente hasta el borde de la cama en la que yace para incorporarle, pero en ese momento el maravilloso sistema que ha permanecido bombeando incansable durante 89 años simplemente desiste.

Las maniobras de Reanimación CardioPulmonar no se corresponden con su espectacular representación cinematográfica ni con una imposición de manos. Si son efectivas pueden volver a poner el corazón en marcha, pero en modo alguno revierten las enfermedades actuales del paciente. De alguna forma se podrían considerar como una vuelta atrás en el tiempo pero de tan sólo unos minutos. En este caso, las nueve décadas de vida y las múltiples enfermedades que sufría nuestro paciente enfrentan al médico a una decisión: ¿Comenzar unas maniobras de reanimación probablemente inútiles -y que nos mantendrán bloqueados durante largo tiempo- o asumir que la naturaleza ha llegado a un lugar sin retorno?

Decidido: colocamos al paciente sobre el piso, ya que es imposible realizar compresiones torácicas efectivas sobre una cama corriente, y desciendo atropelladamente las escaleras de la residencia para extraer del coche el material adicional preciso: mochila de vía aérea, desfibrilador semiautomático y una segunda botella de oxígeno. Comenzamos con las maniobras habituales, pero de nuevo se plantean alternativas difíciles de discernir. Si realizamos las maniobras básicas podremos asegurar su calidad, pero las complementarias o avanzadas pueden aumentar levemente las probabilidades de retorno de la actividad del corazón, a costa de aumentar las tareas a realizar simultáneamente.

¡Drogas y tubo! ordena con decisión el médico. Esto se complica, si no nos organizamos se nos irá de las manos. ¿Qué necesitas primero? La enfermera espontánea me releva en el masaje cardíaco mientras preparo el material que aislará las vías respiratorias del paciente, sin perder de vista el desfibrilador, encargado de detectar cualquier cambio en la actividad eléctrica del ahora inerte corazón. Tras la comprobación de la técnica, confirmada pues ha sido ejecutada con precisión, nos reorganizamos de nuevo para conseguir canalizar un acceso venoso y así poder aplicar la medicación. La enfermera no conoce nuestro material, por lo que me encargo de prepararlo para que, una vez recolocados, el médico se encargue de ello.

Soy perfectamente consciente de que me la estoy jugando. En los casos de Reanimación CardioPulmonar debemos solicitar inmediatamente una UVI móvil, pero en este caso he decidido no recordarselo al médico, tremendamente atareado. Avisarles implicaría ocupar durante un par de horas al único recurso de este tipo en nuestra zona, y dadas las posibilidades prácticamente nulas de recuperación de este paciente considero óptimo que ésta se quede a la espera y activarla tan sólo en el improbable caso de que fuera necesario el traslado, una vez recuperado el latido. Espero no equivocarme.

Unos destellos dorados se proyectan en la ventana de la habitación; los técnicos de la ambulancia de Cruz Roja que solicitamos al comienzo del aviso se incorporan a las maniobras. En un momento descubro a la que se ha convertido por méritos propios en compañera de fatigas observando su reloj, y le pregunto la razón. El último autobús del día que conecta la pequeña localidad serrana con la capital parte en unos minutos, y teme perderlo. Vete a cogerlo, has hecho un gran trabajo y la situación ya está cubierta; gracias de verdad. Al tiempo que las maniobras continúan, advierto que el cronómetro del desfibrilador ha superado ampliamente la media hora…

Doctor, no hay posibilidades… los impulsos nerviosos no han recorrido el músculo cardíaco desde que cesaron, hace más de cuarenta minutos. La frustración le invade, pues no esta acostumbrado a perder un paciente, especialmente cuando ha visto hace menos de una hora cómo cesaba su respiración. Ahora sólo resta recoger el material, cumplimentar la documentación necesaria y sufrir la inevitable bajada de ritmo. El paciente no tiene familia, pero al menos un equipo de varios profesionales se dedicó en cuerpo y alma a él durante sus últimos instantes.

El estridente timbre del teléfono nos sobresalta durante el viaje de vuelta -interrumpiendo la conversación sobre las posibilidades que permite la naturaleza- a varios kilómetros de la autovía que nos conducirá a la base. “Hay un aviso grave en vuestra localidad, una UVI-móvil está en camino”. Programo el navegador y al tiempo que respondo: Vamos hacia allá, pero probablemente no consigamos ganar tiempo puesto que estamos a la misma distancia, y ademas llevamos sucio el material de reanimación. Afortunadamente las interminables rectas de la ahora despejada autovía la transforman en el mejor circuito de velocidad, y permiten llevar el vehículo hasta sus límites prácticos. Tras unos breves minutos de un pilotaje bajo cifras propias de competición piso suavemente el freno pues nuestra salida se aproxima precipitadamente.

En la primera intersección tras el desvío el vehículo que nos precede ha debido de asustarse, pues se detiene bruscamente, bloqueándola. Es necesario abandonar parcialmente la vía por su lateral derecho para, controlando el deslizamiento lateral, realizar el giro rebasando al otro coche, sin perder velocidad. El testigo del control de estabilidad centellea en el cuadro de instrumentos, avisando de la la intervención electrónica para mantener el rumbo del vehículo sobre el asfalto. Su cara tiene que haber sido curiosa, declara mi acompañante girando la cabeza hacia atrás. No logro resistir la réplica: Quizás parecida a la tuya si hubieras mirado el velocímetro cuando bajábamos por la autopista. Lo hice, pero preferí no decirte nada; no sé si tenía sentido. Aquella idea flota en mi cabeza mientras accedemos a la larga y pobremente iluminada sucesión de bloques en la que se encuentra nuestro destino.

Por desgracia los números de los portales no reciben siquiera una tenue luz, por lo que alcanzamos el final de la calle sin localizar el que buscamos. Si al menos tuviéramos una linterna o un foco, como los que incorporan las UVIs… Solicito alguna referencia a la central y comienzo de nuevo el recorrido, esta vez en dirección contraria, y distingo unos destellos familiares que parecen desacelerar a los pies de un bloque. Genial, a pesar de todo no he conseguido ganar tiempo respecto a la UVI móvil, y este es realmente su aviso por lo que pintamos poco.

Una vez detenidos ambos vehículos en el mismo punto, el personal al completo de la otra unidad se apea para acceder al portal salvo el médico, con el que he coincidido en alguna ocasión, que se dirige a nosotros: Sois el coche cincuenta ¿verdad? Respondo afirmativamente. Su réplica llega acompañada de cierto aire de desprecio: No sé qué hacéis para llegar siempre tan tarde ¡Si venís de aquí al lado!

Mis depósitos de adrenalina parecen no haberse agotado en la reanimación y el pilotaje previos, puesto que necesito controlarme para no montar en cólera. Inspirar profundamente, espirar lentamente. Estábamos ambos a la misma distancia, hemos llegado antes pese a que nos han avisado más tarde, y el número del portal no se distingue sin linterna.

En estos casos de llegada simultánea a un aviso ajeno es habitual una primera intervención conjunta para inmediatamente retirarnos del lugar y volver al estado de disponible, pero en esta ocasión decido que no va a ser así. El paciente tiene garantizada la mejor atención, lo que permite marcharnos de donde no somos bienvenidos. Aún así, la ira no me abandona. Me he equivocado muchas veces, y con toda seguridad volveré a cometer errores, pero desidia es algo que no me podrán imputar.

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Varias guardias después la central nos activa -esta vez sí- desde la base para atender un paciente aparentemente muy grave en nuestra localidad, también con una UVI móvil de camino. A la llegada de ésta, casualmente comandada por el mismo médico que protagonizó el encontronazo, llevamos un cuarto de hora en el lugar, por lo que el paciente está perfectamente valorado, a falta de una prueba para la que sólo ellos disponen del material necesario.

Una vez finalizada la asistencia, me presento ante el compañero en cuestión y le expongo mi reacción ante su juicio de valor emitido días atrás, frente a lo que se justifica mediante experiencias negativas previas, pero se disculpa con la máxima educación por haber generalizado innecesariamente. Es más que suficiente para resolver la situación, puesto que creo que todos metemos la pata pero lo que realmente define a una persona es su capacidad para rectificar. De esa forma, la imagen favorable que conservaba de nuestros primeros encuentros permanecerá para los que seguro se producirán en un futuro.

Curiosamente, la relación con muchos de los compañeros que finalmente marcaron mi manera de trabajar comenzó con fuertes desencuentros. Quizá, por qué no, acabemos algún día formando un gran equipo.

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