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ToledoAcelerador, freno. Acelerador, freno. En una suave pero interminable sucesión. Los atascos en un vehículo particular me desesperan, pero durante el recorrido entre el hospital y la base no suponen un problema, ya que la grata compañía sobrelleva la espera. Si surge un aviso ya nos avisarían, y entonces nos liberaríamos del bloqueo usando la escandalosa señalización de prioridad. La emisora parece leerme el pensamiento, pues interrumpe el viaje pitando como un pájaro enfurecido. Uviseis, os necesitan en el número siete de la avenida de Barcelona, un hombre tirado en el portal, en cuanto sepamos algo más os lo comunicamos.

Esa no la tienes que buscar en el callejero ¿Verdad? comenta Eva, la médico, mientras acciono los interruptores y piso con decisión el acelerador. El pesado furgón hace de culebra para deshacerse del embotellamiento como por arte de magia, mientras una vez más tomo las riendas de la excitación para mantener la concentración en su punto máximo. Jamás me podría cansar de esto. La precisión en el pilotaje permite que alcancemos el lugar antes de recibir más información sobre lo sucedido, por lo que nos adentramos en el portal del majestuoso edificio con precaución. En su interior, el portero de la finca ayuda a un hombre a recostarse sobre la pared. ¿Qué le ha ocurrido? inquiere nuestra doctora. No lo sé… ¿Cómo he llegado aquí?

Una discreta marca roja sobre la pared en la que apoya la cabeza revela una pequeña herida, oculta por su cabello, que ya dejó de sangrar. El empleado relata que no le vio llegar, sino que al entrar él en el portal lo encontró tendido en el suelo. Resulta de gran importancia averiguar alguna información, puesto que el tratamiento para aquel paciente que ha perdido súbitamente el conocimiento difiere sustancialmente del aplicado a un accidentado por una caída desde cierta altura; incluso, a pesar de que nada lo indica directamente, no podemos descartar una agresión.

Dado que otro servicio municipal se encarga de la vía y los lugares públicos intramuros, nuestro entorno habitual de trabajo son los domicilios. La habilidad desarrollada a lo largo del tiempo permite identificar de un vistazo múltiples aspectos del modo de vida y del origen de  la situación: una vivienda insalubre suele reflejar pobres condiciones de higiene del paciente, así como la falta de documentos médicos implica un improbable seguimiento por el especialista. Incluso en ocasiones puede ser fundamental descubrir una agresión de pareja no revelada o localizar posibles tóxicos si el paciente no puede o no quiere revelar lo ingerido. Una buena enfermera de extrahospitalaria como la del turno de hoy, Carol, recoge todos los datos del entorno y se los transmite al médico, habitualmente obligado a centrarse en el diagnóstico.

Una mujer entra apresuradamente en el portal con gesto de preocupación, que no desaparece al ver a su marido atendido en ese lugar por el equipo de emergencias. Ella nos relata que no conoce los detalles de lo ocurrido, puesto que la llamada del portero interrumpió su jornada laboral. Es muy infrecuente que el equipo se separe, mas en esta ocasión la propuesta parte de mí ¿Subo con la mujer al piso para averiguar qué ha pasado? En esta ocasión será mi responsabilidad interpretar la escena puesto que mis tres compañeros no pueden interrumpir la asistencia al todavía desorientado paciente. En previsión de necesitar material adicional, libero de mi cinturón el llavero del vehículo y se lo entrego a Heihachi, que lo agradece pues asume que yo no delegaría esa responsabilidad en un compañero en quien no confiara. Está en lo cierto.

Encontramos entreabierta la puerta blindada que da acceso a la vivienda, en cuyo interior se aprecia luz. Me ajusto unos guantes limpios, ya que los actuales están marcados con la sangre del paciente. Espere aquí, de momento es preferible que no toque nada. Un rápido vistazo me confirma que, afortunadamente, nadie más se encuentra en el interior y que el aire corre a través de algunas de las ventanas, lo que permite descartar los riesgos más inmediatos -agresiones e intoxicaciones por gas- e introducirme en la única habitación iluminada, la cocina, para continuar la búsqueda de algún indicio.

Un oscurecido taburete de madera destaca en el centro de la luminosa estancia, puesto que el foco que se encuentra justo sobre el mismo carece de bombilla, exponiendo las conexiones eléctricas. Varias herramientas se reparten desordenadas sobre el suelo, mientras a poco más de un metro de distancia del asiento llama mi atención una solitaria acumulación de denso líquido color grana. La superficie es lisa y sus bordes, bien definidos, parecen querer secarse. Tan sólo un par de impresiones del mismo líquido impregnan los tiradores de los muebles de cocina más próximos. Es suficiente, hora de volver junto a mi equipo.

¡Tengo algo! exclamo al llegar al portal mientras mis compañeros están preparando al amnésico paciente para el traslado. Parece que estaba sobre un taburete reparando una luminaria cuando, por un desvanecimiento o una pérdida de equilibrio, se ha precipitado sobre el suelo golpeándose la cabeza quedando sin conocimiento. Tras unos minutos ha conseguido incorporarse con dificultad y ha salido de casa, puede que hacia la calle, llegando hasta aquí. Asegurándose de que nada se me escapa, Carol pregunta ¿Puede que haya recibido una descarga eléctrica? Es poco probable -respondo- pues no había saltado el automático.

Tras informar a la esposa de nuestro destino y agradecer la colaboración al portero, partimos hacia el hospital. En la cabina asistencial, Carol y Eva tratan de explicar al paciente lo que conocemos sobre lo sucedido, pero todavía resulta complicado. Al tiempo que activo las sirenas no puedo evitar preguntarme en voz alta ¿Me meto demasiado donde no me llaman? Al fin y al cabo, en mi categoría laboral consta “conductor”. Quizás -responde Heihachi desde el asiento lateral- aunque puede que sea esa la razón por la que disfruto tanto trabajando en este turno. De nuevo, tiene razón: en nuestra circunstancia el respaldo de un buen equipo es simplemente crucial.

A pesar de las numerosas pruebas a las que será sometido nuestro paciente, probablemente nadie conocerá jamás lo que verdaderamente ocurrió. Pero al menos tenemos algo sobre lo que trabajar para dar la mejor atención a nuestro paciente, que es nuestro verdadero objetivo.

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