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ExpectativasPor primera vez en toda la tarde soy consciente de mis párpados al pestañear. Busco con la mirada la brillante bolsa que contiene frutos secos y, tras encontrar en su lugar un cuenco rebosante de cáscaras, la localizo vacía en la papelera. En cuanto se muestra en la pantalla el conocido rótulo de  “To be continued…”, aprovecho el receso para formular mi propuesta a Jesús: Podíamos bajar a reabastecernos, y de paso estirar las piernas. La moción es aceptada, por lo que extraigo con dificultad la espalda del puf, que ya había adoptado mi forma, y creamos un hueco sobre la mesa para recibir los aperitivos que nos acompañaran en la segunda parte de la sesión vespertina de series.

Los rayos del sol golpean en nuestros rostros al abandonar su portal, forzándonos a entrecerrar los ojos. Adoro estas tardes de Sábado libres tan relajadas -medito relajadamente- son mi interpretación personal de “la felicidad en las pequeñas cosas”. Desde el exterior del comercio podemos apreciar como el tendero prepara el surtido habitual tras advertir nuestra inminente llegada. A punto de acceder, llama nuestra atención un reducido grupo de gente en la acera, a la altura de la cafetería tres locales más allá; en su centro distinguimos sin mucho esfuerzo una persona tumbada. Al instante un impulso eléctrico sacude mi espalda: a trabajar.

Soy técnico de urgencias, informo al grupo mientras me ajusto los guantes que siempre me acompañan ¿Saben qué ha ocurrido? Es mi hija -relata una mujer que no alcanza los sesenta años- salíamos de tomar un café, se ha desmayado y ha movido bruscamente brazos y piernas. ¿Ha sufrido algún golpe? ¿Padece alguna enfermedad? Inquiero al tiempo que me arrodillo para comprobar que reacciona levemente al dolor, no así a mi voz. La respuesta es negativa a ambas preguntas.

Tras asegurarme de que el 112 está al tanto la situación, evalúo más detenidamente a la paciente, según su madre llamada Irene y de treinta años de edad, y la coloco de lado. Según su estado y lo ocurrido podría tratarse de una primera crisis de epilepsia, pero algo no acaba de encajar. Aprovechando que los auriculares que complementan al móvil hacen las veces de manos libres, contacto con la central de emergencias y me identifico para hablar con el operador especialista del servicio competente, SAMUR-PC: responde únicamente al dolor -le informo- y su estado neurológico no mejora. Tengo una básica de camino y una UVI un poco más lejos ¿Qué necesitas? La avanzada seguro, respondo agradecido por la confianza prestada.

En ese momento Irene parece estremecerse y comienza a experimentar arcadas. Su bajo nivel de consciencia deja desprotegidas las vías respiratorias, corriendo el riesgo de aspirar el contenido del estómago (lo que podría provocar una infección de los pulmones) o, en el peor de los casos, obstruir el paso del aire. Fuerzo un poco más la posición lateral y, usando mis dedos envueltos en su propia bufanda, trato de despejar el interior de la boca velozmente, ya que si los potentes músculos de la mandíbula sufren el reflejo de contraerse puedo quedarme atrapado. No puedo evitar pensar que la falta de mejoría durante este tiempo termina de inclinar la balanza hacia la sospecha de gravedad.

La llegada de un furgón decorado con vivos colores y rodeado de luces intermitentes me infunde cierto alivio. De él descienden dos trabajadores vestidos de amarillo que se acercan al grupo y ante mi explicación de la situación me responden con un colaborativo: ¿Qué necesitas? Había asumido que ellos se harían cargo directamente, pero no hay tiempo para dudar: aspirador de secreciones con sonda gruesa, pulsioxímetro, cánula orofaríngea, oxígeno, tensiómetro y glucómetro, si tenéis. Al tiempo que uno de los técnicos dispone el material, su compañero y yo realizamos las primeras técnicas, como un equipo recién ensamblado pero bien engrasado. Tras escasos segundos, un segundo furgón coloreado de forma similar al primero se detiene tras éste: la UVI-móvil ya está aquí.

El médico de la unidad escucha atentamente mi informe al tiempo que encomienda tareas a su equipo, que le asiste en la introducción de un tubo que aísla las vías respiratorias de Irene. La inquietud de la madre de ésta, hasta el momento a duras penas contenida, se desborda. ¿Puedes atenderla un momento? propone la enfermera. Inspiro y trago saliva; no va a ser sencillo. ¿Cómo está? ¿Se va a recuperar? Soy incapaz de satisfacer sus demandas de información mientras introducen a su hija en la ambulancia. Todo lo que puedo hacer es garantizar una atención óptima, tanto en este momento como en las horas venideras: ya la están atendiendo, ahora la llevarán al hospital, donde la harán más pruebas y se determinará un plan de tratamiento. Evidentemente, para ella no es suficiente. Pocos minutos después, la UVI móvil abandona el lugar con el equipo sanitario atendiendo a Irene en su interior, mientras que en su destino varios especialistas preparan su recepción

En el lugar, la realidad parece querer recuperar su ritmo súbitamente una vez que la acera se ha despejado. Jesús y yo encontramos nuestra selección de frutos secos sobre el mostrador tras cruzar el umbral del local. Ya en el parque, sentados en el banco de siempre y con el chasquido periódico de las pipas como ruido de fondo, él mantiene la mirada al frente mientras comenta: ha sido curioso, he girado la cabeza para preguntarte si habías visto la situación y, en ese mismo instante, ya estabas dentro de ella. No tardo en descubrir que mi media sonrisa a modo de respuesta, acompañada de una nube de denso humo exhalada, resulta muy poco convincente.

Ya de vuelta a casa no consigo desprenderme de cierta sensación amarga, por lo que decido comprobar si Fortuna desea que conozca el desenlace: la voz de Casas suena, como siempre, afable al otro lado del teléfono. ¿No habrá llevado SAMUR a tu hospital una chica con deterioro neurológico? Sí, además casualmente la he llevado yo el poco tiempo que ha estado en la urgencia. ¿Dónde ha ido después? Los neurocirujanos la han subido a quirófano nada más ver el escáner ¿La conoces? En realidad no, sólo la he atendido hasta que han llegado los compañeros, me pareció que tenía mala pinta; me encantaría haberme equivocado, concluyo.

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