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TunelAcostumbrados a las velocidades con las que acudimos a las emergencias, los relajados límites legales hacen que uno de los túneles de la autopista subterránea de la capital -la conexión más rápida entre el hospital y la base- aparente ser interminable. Mas cada norma suele tener su sentido: he de pisar el freno bruscamente al descubrir un cúmulo de vehículos detenidos en el centro de la calzada unos metros más adelante. Al tiempo que pulso instintivamente los interruptores que activan los lanzadestellos, escudriño la cabeza de la retención distinguiendo un pequeño turismo sin daños aparentes detenido en el carril central.

Heihachi -el segundo técnico de la unidad- y yo no necesitamos más. Detengo la UVI móvil en posición oblicua, con objeto de proporcionar un área de seguridad lo más amplia posible, y le propongo un plan que sé que aceptará de buen grado, pues él es el experto en mecánica: Estamos fatal en medio del túnel ¿Le echas un ojo a ver si se puede mover, mientras yo señalizo? Y, de acuerdo a lo previsto, él se acerca al vehículo averíado, ahora transformado en un peligroso obstáculo, y yo me hago con los conos luminosos y corro unos metros contra el tráfico para advertir con antelación a los conductores del bloqueo, al tiempo que solicito telefónicamente la presencia de los agentes de intervención de Calle30. En el interior de la unidad, Némesis cuestiona nuestro trabajo, según su interlocutor me relataría después. ¿Por qué se bajan esos dos? Que más nos dará que haya uno ahí parado. Espera -responde confiadamente Maestro- saben lo que hacen.

Desde mi posición cada vez veo la cosa más fea. La circulación es intensa pero lo suficientemente fluida para que muchos conductores, ignorando mi advertencia, acaben realizando una brusca maniobra para no colisionar contra nuestro furgón. Las ráfagas de aire que me sacuden cada segundo, causadas por el paso cercano de vehículos a alta velocidad, no me inspiran la menor confianza. Heihachi ya debería haber arrancado el vehículo o haberme informado de que es imposible, pero nada de eso ha ocurrido. Es necesario resolver esta situación de inmediato, por lo que corro hacia su posición para encontrarle frente a la ventanilla del conductor, solicitando infructuosamente mediante voces y enérgicos gestos que le dé acceso. ¡Parece que no me entiende! exclama.

Esto no me lo esperaba, pero no nos podemos permitir descolocarnos; abro la puerta delantera de la ambulancia para informar al resto del equipo: El conductor es un paciente con posible alteración neurológica, le traemos. Mientras ellos dos pasan a la cabina asistencial para preparar la recepción, Maestro no puede evitar el gesto de certeza al comentar con nuestra compañera: ¿Lo ves?. Calculo la maniobra de camino hacia el vehículo: usando el punzón al efecto de la multiherramienta de rescate, un impacto en el vidrio triangular de la puerta trasera permitirá atravesarla para levantar su seguro y acceder así al interior. Enfundo las manos en los guantes de protección y ciño los puños de la chaqueta de intervención, pero cuando estoy desbloqueando la sujeción de la herramienta al cinturón, el paciente -quizá sospechando que su utilitario iba a sufrir las consecuencias- parece recobrar por un segundo la lucidez y tira de la manecilla interior de su portezuela, abriéndola. No negaré que introducirse en un vehículo por las malas tiene su atractivo, pero es mejor para todos que no sea necesario.

Mientras protegemos al aturdido paciente frente al tráfico de vuelta a la ambulancia, observamos como dos vehículos de emergencias del túnel se detienen unos metros antes de nuestra posición para establecer una protección adicional. Tras informar a sus trabajadores de lo ocurrido coinciden en lo peligroso de la situación, por lo que organizamos la retirada del vehículo al lateral de la vía. Entretanto, el paciente mejora paulatinamente al recibir en la UVI-móvil el tratamiento para la bajada de azúcar que sufre. Con la cuestión principal encarrilada, uno de los agentes comenta: no termina de gustarme lo de quedarnos esperando a la grúa sin el conductor, puede traer problemas. Dame un segundo, solicita Heihachi; tras un par de trucos de mecánico, el vetusto motor del coche recobra la vida. Perfecto, gracias de nuevo a mi compañero esto ya casi está resuelto.

En el interior de nuestra unidad puedo comprobar que el paciente ha mejorado hasta el punto de ser capaz llamar a su esposa, que le recogerá en el centro de urgencias que también es nuestra base. Escaso minutos después, y para alivio de los trabajadores de la instalación, una reducida comitiva formada por el pequeño vehículo -ahora pilotado por mi compañero- y por nuestra unidad, parte hacia el cercano destino. Una vez allí, nos aseguramos de la recuperación del paciente hasta la llegada de su mujer, que nos agradece una y mil veces la atención pese a nuestra insistencia en que tan sólo realizábamos nuestro trabajo; también aprovechamos el momento para resaltar la importancia del control de la enfermedad por su equipo de Atención Primaria.

Siempre que no te hagan perder el contacto con la realidad, momentos como este son dignos de paladear: frente a un cúmulo de imprevistos como un equipo truncado, un entorno extraño y un paciente fortuito hemos conseguido salir airosos. Sin embargo, los vítores tendrán que esperar al menos a que terminemos el siguiente aviso, pues el teléfono vuelve a sonar.

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