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MetroCon un movimiento totalmente mecánico, mis dedos activan de forma autónoma el interruptor de los destellantes. En respuesta, los laterales del pasadizo de acceso a las urgencias del hospital refulgen en color ámbar hasta que emergemos a la noche. La dirección recién recitada por la operadora a través de la emisora, que Martes acaba de anotar diligentemente en el registro de avisos, corresponde a la bocacalle de una gran avenida de nuestra zona habitual de trabajo, por lo que ni siquiera consultamos el callejero; son las ventajas de llevar varios meses trabajando a un ritmo de veintipico avisos por noche. ¿Qué tenemos ahí? inquiere mi compañero. Un paciente psiquiátrico que quiere ingresar, responde la voz entre el chisporroteo analógico del sistema de comunicaciones.

Es habitual recibir cada noche al menos un aviso de estas características. Pacientes ya diagnosticados que, dudando de su capacidad para afrontar las horas venideras, solicitan ser trasladados al único recurso especializado disponible: las urgencias hospitalarias. Por un lado nos resulta ciertamente frustrante no poder hacer nada más por ellos que un mero servicio de taxi, pero por otro la sencillez y la rapidez con la que habitualmente se resuelven juegan a nuestro favor. Genial -comenta Martes- con algo de suerte aligeramos la cola de pendientes.

Un portal antiguo y de aspecto algo descuidado da la bienvenida a una construcción unifamiliar aparentemente anacrónica para la gran ciudad. El amarillento botón circular del timbre provoca un zumbido agrio, seguido por unos segundos de silencio. Está abierto, informa una voz femenina desde el interior. Una leve presión sobre la puerta desencadena, en efecto, un chirrido con el que ésta se desplaza hacia un oscuro recibidor. Desvanecido el gemido, la voz nos invita de nuevo a acceder. El vestíbulo desemboca en un angosto pasillo, iluminado tristemente por una pequeña lámpara que, visiblemente descuadrada, cuelga sobre la pared izquierda. Por toda decoración, un baúl propio de un anticuario descansa cubriendo el recodo en el extremo del corredor.

Finalmente el origen de la voz se revela como una desaliñada mujer que podría rondar la treintena, vestida con un amplio pantalón de chandal gris y una holgada camiseta, aparentando haber salido recientemente de la cama. Caminando desde cada extremo, nos encontramos a mitad del pasillo. ¿Ha llamado a una ambulancia? Sí, es para mí. Bien… ¿Qué le ocurre? Acabo de ver a Padre ¿Habéis discutido, algún disgusto? No, en realidad no hemos llegado a hablar ¿Entonces? Es que… Padre lleva fallecido cinco años.

Martes no necesita expresarse en voz alta, pues su gesto transmite algo como Eso te pasa por preguntar. Bueno… -comienzo de nuevo- ¿Te parece bien que te acompañemos al hospital? Allí, el psiquiatra de guardia te examinará y te ajustará el tratamiento para que te encuentres mejor. Una lánguida respuesta afirmativa provoca que los tres iniciemos el camino hacia el portal. Apenas media docena de pasos después, ella se detiene bruscamente y gira la cabeza en dirección al vetusto baúl. ¿Lo veis? pregunta con inquietud. Está allí, junto a la esquina, al fondo del pasillo. Su tono de voz y su mirada revelan que la presencia de aquel hombre le resulta tan tangible como la nuestra.

Mi respiración cesa involuntariamente cuando vislumbro, al final del corredor, una sombra que parece entrelazarse consigo misma, conformando sobre la penumbra la parte superior de un torso, del que nace un cuello con su correspondiente testa. Arrancando mi mirada del hipnótico dibujo antes de que se complete, me dirijo a un Martes también absorto en la supuesta imagen: Nos vamos ya ¿no? Sí, sí, claro, confirma sacudiendo la cabeza.

La dirección de nuestra empresa no permite que acompañemos a los pacientes durante el trayecto hacia el hospital -alegan que no es el modelo de ambulancia adecuado-, por lo que, salvo los casos excepcionalmente graves en los que Martes asume la responsabilidad de contradecir las órdenes, durante los viajes de retorno él me acompaña en la cabina de conducción. Es impresionante el poder de la mente, comento. Será todo lo “mental” que quieras pero casi tengo que cambiarte el pañal a mitad del pasillo. No puedo evitar una sonrisa al replicar Hablas como si tú no lo hubieras visto… Tan claro como tú, por eso tenía esa cara.

En algunas ocasiones es necesario un gran esfuerzo para empatizar con un paciente; en ésta, la sintonía simplemente ocurrió.

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