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ImpresionesAlcanzado el mediodía, apenas hemos realizado tres sencillos avisos desde el comienzo de la guardia. La UVI móvil está completamente revisada, su material repuesto, y no hay ninguna avería que Heihachi -el segundo técnico de a bordo- y yo podamos reparar, como es nuestra costumbre. Plenamente consciente de lo sencillo que resulta invocar a los dioses de la emergencia, me sitúo en el centro de la sala de descanso y enuncio en voz alta las palabras mágicas: Qué guardia más tranquila. Maestro separa la vista del diario mientras lanza al aire su queja: joé, casi tenía el sudoku.

De acuerdo a lo previsto, un minuto después el móvil de los avisos reclama nuestra atención timbrando y revolviéndose sobre la mesa del estar, provocando que Enformera me lance una mirada de desaprobación. Una media sonrisa escapa de mis labios al replicar: así Ángela aprovecha la guardia… La joven estudiante de enfermeria tuerce el gesto al verse involucrada, pues pese a que sólo nos conocemos desde hace unas horas, sospecha acertadamente que es el deseo de acción lo que me verdaderamente me mueve.

Varios años manejando de continuo el mismo modelo de furgón hacen que conozca sus reacciones casi al milímetro, lo que, unido a la minuciosa revisión efecuada, permite frenar un poco más tarde, girar un poco más rápido, acelerar con más decisión; siempre que se conserve intacto el margen de seguridad, los segundos ganados al tráfico son mi trofeo. No en todos los avisos está en juego la vida del paciente -afortunadamente para ellos y para nuestra salud mental- pero en todos hay al menos una persona que pide ayuda, que desea con vehemencia que ya estemos ahí. Maestro prescinde de sus habituales bromas al presentar el aviso: dicen que es una hemorragia grave. No sé bien por qué pero no tiene buena pinta.

¡Está en la cocina! exclama un joven mientras atravesamos el portal de la vivienda, tratando de no derribar con nuestra utillería los numerosos efectos decorativos del recibidor.
Algo bloquea la puerta, permitiendo tan solo un pequeño ángulo a través del que nos retorcemos para acceder, descubriendo en el interior un manto de denso líquido grana que cubre casi por completo el piso de gres. El cuerpo inerte de una mujer mayor yace contra la puerta cosido a puñaladas, probablemente producidas por un enorme cuchillo de cocina que descansa junto a ella. Maestro, apoyándose en la encimera, trata de salvar el mar de sangre para alcanzar la cabeza de la víctima. Heihachi hace el gesto de acompañarle para comenzar la reanimación, pero me veo obligado a frenarle. Desde el otro lado, Maestro posa sus dedos sobre el cuello manchado, y con la vista fijada en el pecho inmóvil, sacude suavemente la cabeza de lado a lado. No hay nada que hacer.

Aunque resulte difícil, en ocasiones como esta en las que la fatalidad del desenlace resulta probable, es necesario contener la adrenalina unos segundos. Iniciar las maniobras de resucitación en un paciente sin opciones de supervivencia alteraría la escena del suceso, complicando la investigación policial posterior, lo que supondría mayores molestias, si cabe, a la familia. Alrededor del cuerpo sin vida se encuentran varias piezas de carne sin cocinar, lo que añade un aspecto exageradamente siniestro a la ya desagradable escena. Quizá fuera ese el objetivo primero del cuchillo, y la idea de lesionarse a sí misma sobrevino de forma súbita pero irrefrenable.

Hijos y nietos, ahora reunidos en el salón, recomponen la situación -tratando de no descomponerse ellos- para articular la breve historia que figurará en el informe clínico. Llevaba tan sólo unos minutos sola en la cocina, cuando un miembro de la familia entró y descubrió el dramático escenario. Pese a la enfermedad psiquiátrica que la atenazaba desde hace varios años, nadie esperaba algo tan súbito. Al tiempo que maestro completa la documentación necesaria, Ángela aprende que en ocasiones el verdadero trabajo comienza tras el fallecimiento: la pesada sombra de la culpabilidad no debe recaer sobre nadie, pues podría provocar tensiones insoportables más adelante. Asimismo, debemos confirmar que cuentan con la ayuda profesional que les permitirá afrontar un duelo tan duro a largo plazo.

Ahora debemos buscar el momento y el interlocutor adecuado para detallar el incómodo protocolo: resulta imposible certificar un fallecimiento inesperado y del que no se pueden corroborar las circunstancias, por lo que tendrá que ser la comisión judicial la responsable final del procedimiento. La Policía custodiará el cadáver y, dada la violencia del suceso, puede que requieran un equipo de investigación, sin que ésto suponga sospecha en forma alguna.

Una vez transmitido el relato a los agentes, descendemos apesadumbrados la escalera. Sin intercambiar palabra emitimos el mensaje automatizado de fin de intervención, y es Maestro el que se encarga de quebrar el tenso silencio con la propuesta de acudir al comedor del hospital. Ninguno sentimos la necesidad, pero tampoco somos nuevos en esto y sabemos que el almuerzo lo determina la actividad y no el deseo, o de lo contrario podemos encontrarnos al final de la tarde con un hambre espantosa por no haber hecho lo propio unas horas antes.

El timbre interrumpe la tercera cucharada del primer plato, conformando en los rostros de todo el equipo una agria mueca de desagrado. Con un rápido movimiento, preciso tras haberlo practicado cien veces, divido longitudinalmente el panecillo e introduzco el filete de pollo, construyendo un segundo plato a engullir camino del vehículo. La mano izquierda de maestro nos indica calma, mientras la derecha sujeta el teléfono móvil mediante el que conversa con la central: ¿Qué ocurre ahí? -separa el micrófono unos centímetros- hay que volver al domicilio anterior; no hay más heridos, pero parece que la Policía requiere nuestra presencia. Espera -me espeta mientras me incorporo de la silla del comedor- no saldremos hasta que hayamos comido. Tras varios años juntos, sabe que no soy tan fácil de convencer: bajo mi responsabilidad, apostilla, por lo que vuelvo a tomar asiento.

Apenas veinte minutos después, ascendemos de nuevo las escaleras. En el rellano, un hombre jovial, con un rostro cubierto de pecas y coronado por una mata de ensortijado pelo rojizo, exclama al vernos: ¡Qué pronto! No hacía falta, no era tan urgente… Maestro me dirige una simpática mirada. Uno a cero; está claro que es el responsable del equipo no sólo porque figure en la normativa. Mientras se asegura de entornar la puerta de entrada para aislar a la familia, nuestro interlocutor se identifica como el Subinspector de homicidios.

No hay ningún problema, simplemente necesitaba cotejar vuestras huellas con las del suceso, para excluir cualquier otra participación. Veo que calzáis botas de trabajo, que se corresponden con la misma huella en diferentes tamaños, pero hay otra diferente, hecha como de bolitas… Inmediatamente dirigimos la mirada hacia las modernas deportivas que viste Ángela. Al percatarse, ella apoya una puntera quedando al descubierto la suela, cubierta de goma con forma de innumerables cabezas de tachuela. El Subinspector retrasa los hombros al tiempo que alarga su brazo hacia ella, quedando en el extremo un dedo acusador. Su exclamación se acompaña de un tono de sorpresa: ¡Fuiste tú!

La piel de nuestra compañera de hoy se torna pálida. Su respiración cesa, mientras el resto de los componentes del equipo cruzamos miradas preguntándonos si acabará como paciente. De inmediato, el acusador se relaja y, entre risas, rodea con su brazo los hombros de la alumna: ¡Era broma! ¡Todo resuelto!

Ángela no consigue deshacerse de la mirada circunspecta mientras desciende los mismos escalones por segunda vez en la mañana ¿Esto se lo haceis a todos? Sólo a los buenos, replica divertida Enformera. Supongo -continúa su supervisora, más en serio- que su necesidad de no llevarse a casa tantas situaciones estresantes genera mecanismos de defensa así de curiosos. Tras deslizar la pesada puerta corredera sobre el lateral de la ambulancia, Ángela entra de un salto en la cabina asistencial y se acomoda en uno de lo asientos. Lo que digáis, pero creo que me está sentando mal la comida…

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