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VendajeSentado en la butaca de la cabina asistencial, apoyo la cabeza sobre el lateral del mueble mientras cierro los ojos y disfruto del sopor de vuelta a la base. Dado que Jack -el otro técnico- es también conductor, intercambiamos el timón del barco, como le gusta decir, mediada la guardia. Quizá debería haber elegido un menú más ligero, pero los espaguetis y el filete con patatas parecían la mejor opción después de una mañana de avisos y con otras siete horas por delante.

El timbre del teléfono móvil desvanece mis ensoñaciones desde la zona de conducción. Alzando la voz para sobreponerse al rugido creciente del motor, Eva recita: accidente en la planta cárnica, hemorragia grave. El golpe de adrenalina me ayuda a incorporarme para, asido a la barra al efecto que recorre el techo, hacerme apresuradamente con sueros, gasas y vendas de los estantes. El impulso de la frenada previa a la primera rotonda me devuelve casi volando al asiento, donde me abrocho de nuevo el cinturón de seguridad. Nota mental: la siguiente guardia, sopa y ensalada.

Los líquidos tibios serpentean a través de las conducciones de plástico transparente, retirando el aire que de llegar al torrente circulatorio pondría en peligro la vida del paciente; apenas he terminado de preparar los sistemas de infusión intravenosa cuando compruebo que ya hemos llegado. Dado que al avisarnos estábamos en marcha y que mi compañero conoce bien la zona, han pasado menos de cuatro minutos. Perfecto.

Mientras nos apeamos de la unidad, un grupo de personas con monos de trabajo abandona la nave industrial cargando esforzadamente hacia nosotros un cuerpo inerte como un muñeco de trapo. Cambiando de inmediato el plan -nuestro “modus operandi” habitual es la asistencia en el lugar del accidente- Jack abre las puertas traseras y extrae de su plataforma la camilla en la que instantes después aterriza nuestro paciente.

El rojo sangre que mancha casi toda su ropa contrasta sobremanera con lo pálido de su tez. Un aparatoso vendaje improvisado cubre desordenadamente el antebrazo izquierdo, por lo que Carol comienza en el derecho la búsqueda de una vena para canalizarla y reponer líquidos. Tengo un salino y un expansor purgados, le informo; no esperaba menos, replica ella mostrando su confianza al tiempo que Eva comprueba pulso y respiración, todavía presentes.

¡Tus tijeras! Tras varios años formando equipo, la médico conoce cada pieza del equipo que llevo conmigo, pero en este caso lo que me extraña es el objetivo ¿Qué hay que cortar? me ofrezco. El vendaje, quiero ver la herida. No puede ser, la regla de oro para cohibir una grave hemorragia es no retirar los primeros apósitos, especialmente si ya está taponada como es el caso. Disconforme, extiendo la herramienta hasta su mano y doy un discreto paso atrás ante la expectativa de un violento surtidor granate.

Para mi sorpresa, las capas de tela van cayendo pero la sangre no se muestra. ¿Dónde se ha cortado? inquiere Eva a los expectantes compañeros que nos rodean. Al parecer nadie vio el momento preciso. La piel queda ya al descubierto, y Eva la registra volteando una y otra vez el antebrazo tratando de localizar el origen del sangrado. Un momento, indica dirigiendo la mirada a Carol, que mantiene la aguja sin introducir.

Escúchame. Las palabras de la doctora, en un tono tan firme como suave, destacan sobre el ruidoso ambiente, pues se ha arrodillado para acercarse al oído del trabajador: Estás bien, puedes incorporarte. Como abandonando un profundo trance, sus párpados se separan perezosamente y los ojos examinan con sorpresa el espacio circundante. Al tiempo que los presentes intercambiamos miradas de extrañeza, ella le invita a compartir la historia. Noté el frío de la cuchilla y anudé la toalla sin mirar, avisando a los compañeros justo antes de desvanecerme por la impresión. Un rasguño apenas visible certifica la veracidad de su relato.

Minutos después y con el informe de la asistencia en la mano, el trabajador camina hacia a la nave dando todo tipo de explicaciones a sus compañeros; lo que no podemos prevenir son los chascarrillos de los días venideros. Consigo contener mi curiosidad tan sólo unos segundos: ¿Cómo lo has sabido? En realidad no lo sabía -responde Eva- pero investigué porque algo no cuadraba. Sí, hay que tener algo más que títulos para ser buen médico en extrahospitalaria.

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